Hace unos días hablaba con Karu de algo que parece pequeño, pero que en realidad te cambia la forma de mirar a la gente: vivir en otro país. Al principio uno cree que no es para tanto, sobre todo cuando hablamos de países “modernos”, donde todo se parece en la superficie: hay transporte, supermercados, oficinas, cafés, gente corriendo todo el día, gente quejándose del tráfico y gente intentando resolver la vida con más dignidad que energía. La escenografía cambia, sí, pero tampoco parece otro planeta. Hasta que empiezas a vivir de verdad ahí y entiendes que el cambio no estaba en comparar edificios, precios o sistemas de transporte, sino en exponerte a otras formas de pensar, discutir, convivir y darle sentido a cosas que tú dabas por obvias.
Porque uno no se da cuenta de cuántas reglas invisibles carga encima hasta que llega a un lugar donde nadie recibió el mismo manual. Ese aprendizaje no llega como una iluminación épica. No hay música de fondo ni un rayo de sabiduría cayendo sobre tu cabeza mientras miras por la ventana de un tren. Llega en microchoques: conversaciones normales, malentendidos tontos, palabras que para ti significan una cosa y para otra persona otra, formas de saludar que se sienten frías o demasiado intensas, maneras distintas de pedir un favor, poner un límite, expresar molestia, interpretar el silencio o mostrar afecto. Y en medio de todo eso te pega una verdad incómoda: tú no estabas viendo el mundo “como es”. Estabas viendo el mundo como te enseñaron a verlo desde tu esquina.

Eso no es malo. Todos empezamos desde una esquina. El problema es olvidar que es una esquina y empezar a tratarla como si fuera el centro del universo. Por eso la pelea eterna entre “palta” y “aguacate” me parece un símbolo perfecto de algo mucho más grande. En teoría es una tontería: dos palabras para la misma fruta. Fin. Uno pensaría que la humanidad podría sobrevivir a semejante tragedia lingüística. Pero en redes una cosa así puede convertirse en una mini guerra civil digital, con gente ofendida, corrigiendo con superioridad y defendiendo su versión como si estuviera protegiendo la dignidad nacional.
Y ahí uno entiende que casi nunca se pelea solo por la palabra. Se pelea por identidad, por pertenencia, por ego, por esa necesidad medio absurda de sentir que lo mío es lo correcto y lo otro es una amenaza. Lo curioso es que muchas de esas personas no son malas. No están intentando destruir la convivencia humana desde un teclado, aunque a veces parezca. Muchas veces solo han tenido poca exposición real a contextos distintos, entonces cualquier diferencia les cae como una falta de respeto: si alguien habla distinto, “habla mal”; si alguien come distinto, “qué raro”; si alguien piensa distinto, “está equivocado”; si alguien vive distinto, “seguro algo le falta”. Y así vamos, reduciendo el mundo a la medida exacta de nuestras costumbres.
Vivir fuera, o convivir de verdad con personas de otros lugares, no te convierte automáticamente en alguien más sabio. Esto hay que decirlo porque también existe esa pose insoportable del viajero iluminado que fue tres semanas a otro país y volvió hablando como si hubiera desbloqueado un nivel superior de humanidad. No, señor. Viajar no te hace mejor persona por defecto, pero sí puede bajarte del pedestal si prestas atención. A mí me cambió sobre todo una cosa: dejé de asumir tan rápido que quien piensa distinto está equivocado. Ahora, muchas veces, antes de reaccionar pienso que quizá simplemente viene de otro contexto.
Ese matiz parece mínimo, pero cambia por completo el tono de una conversación.
No es lo mismo entrar diciendo “te voy a demostrar por qué estás mal” que entrar pensando “quiero entender desde dónde estás mirando”. Y ojo, eso no significa volverse tibio ni relativista ni aceptar cualquier barbaridad con una sonrisa. Hay ideas dañinas, crueles o peligrosas que sí toca cuestionar. Tener la mente abierta no es dejar la puerta sin chapa para que entre cualquier cosa. Pero hay una diferencia enorme entre tener criterio y vivir a la defensiva.

Tolerancia no significa aplaudir todo. Tampoco significa renunciar a lo que uno cree. Para mí, tolerancia es poder coexistir con ideas, palabras y costumbres que no compartes sin sentir que tu identidad está en riesgo cada cinco minutos. Suena sencillo, pero en internet parece deporte extremo. El formato premia el choque, la respuesta rápida, la frase filosa, el comentario que humilla y el aplauso fácil de los que ya pensaban igual que tú. No premia entender. No premia matizar. No premia decir: “espérate, quizá no lo había visto así”. Eso no da tantos likes, pero fuera de la pantalla la vida funciona distinto: o aprendes a convivir con diferencias, o vives agotado peleando guerras simbólicas todos los días. Y qué cansancio tan inútil ese.
Ahora, tampoco hay que romantizar vivir afuera. Cambiar de país no garantiza cambiar de mentalidad. Hay gente que se muda y se vuelve todavía más cerrada: compara todo para mal, se encierra en su grupo, vive diciendo “en mi país sí se hace bien” y convierte la nostalgia en una forma elegante de soberbia. El pasaporte puede sumar sellos mientras la cabeza sigue en el mismo sitio. Abrirse requiere intención, humildad y aceptar que quizá eso que te incomoda no está mal, solo no fue diseñado alrededor de ti. Y esa frase, aunque suene simple, a veces raspa.
Porque a todos nos gusta pensar que somos abiertos hasta que aparece una diferencia que no nos parece simpática. Las diferencias bonitas las celebramos fácil: las que se ven bien en una foto, las que suenan interesantes en una conversación, las que no nos exigen cambiar nada. Pero las otras, las que nos sacan de ritmo, las que nos obligan a escuchar más de la cuenta, esas sí nos muestran qué tan amplia es realmente nuestra cabeza.

Con el tiempo he entendido que madurar muchas veces no se siente heroico. A veces madurar es dejar pasar una discusión absurda, no responder un comentario diseñado para incendiar o soltar la necesidad de tener razón en público para guardar energía en conversaciones que sí construyen algo. Eso no da tanto show, pero da una tranquilidad brutal. Y no se trata de callarse siempre. Debatir hace falta. Discutir ideas puede ser sano, incluso necesario. El problema es cuando nadie quiere entender nada y todos quieren ganar por puntos. Ahí ya no hay conversación. Hay ego haciendo ruido con buena conexión a internet.
Cuando siento que una conversación se va a convertir en “palta vs aguacate”, pero versión cualquier tema, intento hacerme tres preguntas:
- ¿Estoy defendiendo una idea o estoy defendiendo mi ego?
- ¿Esto afecta algo importante o solo me incomoda porque no estoy acostumbrado?
- ¿Quiero entender o quiero vencer?
No siempre contesto bonito. No voy a posar de monje paciente porque tampoco. A veces uno también cae en la reacción rápida, en la ironía fácil, en querer meter el gol verbal. Pero al menos esas preguntas me frenan antes de entrar en piloto automático. Y en una época donde todo empuja a reaccionar, frenar ya es una forma de inteligencia.
Al final, viajar para mí no se trata de acumular fotos ni de aparentar mundo. Se trata de desinflar el pedestal cultural propio. Dejar de creer que tu forma de hablar, comer, amar, discutir y nombrar las cosas es “la normal”, y aceptar que es apenas una entre muchas posibles. Una importante, sí. Una tuya, sí. Pero no la única. Y cuando haces las paces con eso, peleas menos por etiquetas y conectas más por humanidad.
Honestamente, prefiero mil veces una conversación que me ensanche la cabeza que una victoria barata en comentarios. Que cada quien diga palta, aguacate o como le enseñaron en su casa. Lo importante es poder compartir la mesa sin tratarnos como enemigos por una palabra.
Leave a Reply